Hacía la formación
Los tres Reyes Magos fue el primer largometraje de animación mexicana; fue dirigido por Fernando Ruiz y Adolfo Torres Portillo en base a una idea de Rosario Castellanos. Se estrenó en 1976 después de dos años de trabajo. Tres años más tarde, la UNICEF convocó a Ruiz a crear una de las diez partes de la serie Los diez derechos del niño. No contento con ello, el animador mexicano desarrolló el proyecto de una serie animada: La oruga Pepina. Lamentablemente tuvo problemas con la guionista y la obra se acabó en España por los animadores Santiago y José Luis Moro bajo el nombre de Katy, la oruga en 1981.
El productor Anuar Badín propuso a los estudios Kinema la realización de un largometraje animado. La idea consistía en adaptar la historieta mexicana Los Supersabios de Germán Butze. La película se estrenó en 1979 y fue muy bien aceptada por el público.
Los animadores en México no podían (ni pueden) tener las herramientas para desarrollarse debido a que en este país no existía ninguna escuela de animación. Los estudiantes interesados debían viajar al extranjero para tener una mejor formación y experiencia, tal es el caso de Juan Fenton, que estudió animación cinematográfica en la universidad de California. Fenton, aliado a Marco Antonio Ornelas, logró firmar un contrato con Hanna-Barbera para trabajar las series Astro y los perros espaciales, Los jóvenes Picapiedra y The Gary Coleman Show.
En 1978 nació el Taller de Animación de Coyoacán por iniciativa del puertorriqueño Francisco López. Junto con Ricardo Sandi y Sarad, Luis Moret, PAblo Pérez, Roberto Sosa y Emilio Watanabe, crearon el mediometraje Crónicas del Caribe que se estrenó dos años después de la fundación de su estudio. La idea era crear un documental histórico animado sobre el descubrimiento y la conquista de América. La obra ganó el Gran Coral de Animación del Festival Internacional de Nuevo cine Latinoamericano. A pesar de ello, no tuvo difusión y nunca se estrenó de manera comercial. El Taller de Animación de Coyoacán tuvo que cerrar en pocos años.
En los próximos años se produjeron varios cortometrajes: Vámonos Recio (1983) de Jaime Cruz y Luis Fuentes; Ligia Elena (1983) por Francisco López y Abdías Manuel; Hijo pródigo (1984) de Carlos Carrera; A toda Costa (1984) de Jaime Cruz y Tlacuilo, el que escribe pintando (1987) de Enrique Escalona. Ésta última, junto con Ulama (1986), Retorno a Aztlán (1990) de Juan Mora y Cabeza de vaca (1990) de Nicolás Echeverría, retomaba una visión diferente sobre el pasado histórico.
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